Volver

06/11/2012  

ARTÍCULOS SOBRE ANTONIO CASARES EN EL CORREO GALLEGO. NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2012


El Correo Gallego 16.12.2012

Las farmacias de Casares

por José María Santiago Sanmartín Míguez

Boticario fue el “modus vivendi” más dilatado y menos conocido del considerado como padre de la Química gallega, del que ahora se celebra su bicentenario

No debería sorprender que la faceta profesional en la que Antonio Casares es menos conocido sea, precisamente, la que durante más tiempo ejerció, en la que se inició laboralmente y la que –con toda probabilidad- constituyó su modus vivendi más sustancial: es decir, la de boticario. Tiene su lógica: por muy buen elaborador de medicamentos que fuese –sin duda lo era-, ni el escaparate de una botica, ni la repercusión de su tarea en ella, por muy pulcra que fuese, podían competir con las actividades que le llevaron a ser un personaje destacado: la universidad, la innovación en el mundo de la química –singularmente en la evaluación de la calidad de las aguas y el análisis espectral- y su vinculación, en definitiva, con la élite de la comunidad científica internacional.

Y sin embargo, y aunque ya desde muy joven sintiese la llamada de la Química –en 1827 sacó el grado de Bachiller en Filosofía-, el de farmacia fue su primer título universitario de rango superior; obtuvo la licenciatura en 1832, en el Colegio de Farmacia de San Fernando, de Madrid. Poco después conseguiría el doctorado.

Lo que interesa a este artículo es la actividad de Antonio Casares como boticario, que desarrolló en el obrador de tres oficinas de farmacia.

Siendo muy joven consiguió la plaza de Ayudante segundo en la Real Botica de Madrid en abril de 1835, en la que permaneció todo un año, hasta que se trasladó a Santiago para ejercer como docente de Química Aplicada a las Artes en la plaza que la Sociedad Económica de Amigos del País había sacado a concurso y que nuestro personaje ganó por oposición.

Además de la elaboración de los medicamentos para Palacio, la Real Botica trabajó con intensidad en esos años los análisis fisicoquímicos, con singular atención a las cualidades de las aguas minero medicinales para consumo de la Real Casa. Ya hemos apuntado que nuestro personaje cultivaría posteriormente con extraordinarios resultados esta especialidad.

 

FARMACIA PROPIA. Una inscripción de azulejos cerámicos, situada en una fachada de la calle Bautizados de Santiago, casi ya en la plaza del Toral, reza: "Fundada por el Doctor Casares en el Año 1843". Aquí, en el corazón de la Compostela decimonónica, abrió al público Antonio Casares su propia farmacia. Una botica que continúa aún hoy activa y cuya titularidad ostenta la familia Bescansa desde los años finales del XIX. Es en la actualidad, sin dudarlo, una de las más hermosas de Galicia, y también de las más ricas en lo referente al ajuar histórico genuinamente farmacéutico que en ella se conserva. No nos cabe duda que, a ambas consideraciones, haya contribuido la personalidad de su fundador.

Por lo que hace a la cerámica de uso farmacéutico, son varios los restos de colecciones conservados que proceden de la época de Casares. Ninguno de ellos es el que la farmacia Bescansa exhibe en la actualidad en los anaqueles de la zona de despacho, que es del siglo XX y fabricado en la localidad valenciana de Manises.

El más valioso de los que en su día adquirió Antonio Casares es un botamen de Sargadelos del que se conserva un solo ejemplar en la propia farmacia. La fecha de fabricación de este botamen es de la tercera época de Sargadelos (1845-1862).

Una segunda colección la conforman una serie de botes de loza fina, de inspiración francesa, elaborados en las últimas dos décadas del XIX en fábricas franco-españolas ubicadas en el País Vasco.

Nos gustaría saber más, bastante más, de la presencia y actuación de Antonio Casares entre todo este patrimonio farmacéutico: su grado de participación en la preparación de las aguas medicinales, la elaboración de ungüentos, pomadas o píldoras y el control en la recepción de los simples de todos los orígenes.

Más fácil nos resulta imaginarlo elevando o minorando la fuerza de un mechero aplicado a un alambique para acelerar o ralentizar una destilación. No debían ser pocos los instantes en los que se le viese escuchando con atención la sintomatología referida por un paciente-cliente en demanda de un diagnóstico y, sobre todo, del fármaco idóneo para su dolencia.

En cualquier caso, la dedicación de Antonio Casares a su botica no debía ser nimia. Su elevado concepto de la responsabilidad y el indudable peso del beneficio de la botica en su pecunio nos hacen suponer que serían muchos los huecos que encontraría entre sus múltiples obligaciones en la universidad y en los laboratorios de investigación para atender su farmacia.

Mencionábamos una tercera botica en la que nuestro personaje laboró, o que al menos dirigió de modo formal. Se trata de la farmacia del Hospital Real de Santiago –hoy Parador de Turismo-, ubicado en la celebérrima plaza del Obradoiro.

Este establecimiento había sido fundado por los Reyes Católicos el último año del siglo XV y estuvo operativo como centro sanitario hasta el año 1954, siempre con botica propia que abastecía a enfermos ingresados, empleados del centro, pobres de la ciudad, peregrinos y, en determinadas ocasiones, a la población de Santiago como farmacia comercial.

 

ACEPTACIÓN DE CASARES. Tras el fallecimiento del que era entonces su boticario, José Cascarón, en enero de 1851, el administrador de la pía institución solicitó al Dr. Casares que se hiciese cargo de la dirección de la botica en tanto no se procediese al nombramiento del nuevo titular, dejando explícito que el peso de la farmacia hospitalaria, su quehacer cotidiano, lo iba a llevar el mancebo Francisco Díaz.

Aunque no lo explicitase, la carta de aceptación de Casares daba a entender que se trataba de una obligación nominal y transitoria que no conllevaba mayor obligación que la supervisión del estado de los simples de la botica así como de los procedimientos generales de trabajo, y tal vez, su intervención personal en el desarrollo de alguna formulación compleja o poco habitual. Sin embargo la provisionalidad se extendió más allá de lo que el Subdelegado de Farmacia y el propio Casares habían previsto, llegando por fin el último día de agosto del citado año, suponemos que para gran alivio de Casares, inmerso en un sinfín de actividades, viajes y responsabilidades que por fuerza había de desbordarle.


El Correo Gallego 9.12.2012

El estudio de las ciencias en la USC en la época de Antonio Casares

por Roberto J. López

El profesor de Historia Moderna de la USC hace un análisis de la docencia de estas materias en la institución académica con motivo del bicentenario del nacimiento del padre de la Química gallega y como homenaje a esta destacada figura científica

La introducción de la ciencia moderna en la Universidad de Santiago en el siglo XIX fue lenta y discutida, pero logró conseguir un cierto peso gracias a los esfuerzos de figuras como Antonio Casares. A pesar de estos esfuerzos, la institucionalización de los estudios científicos en una facultad específica fue una experiencia efímera en este siglo; hasta 1922 su establecimiento no será definitivo.

En la primera mitad del siglo las novedades se abrieron camino haciendo frente a la falta de medios y a posiciones ideológicas tradicionales contrarias a ellas. En 1811 se intentó crear una cátedra de Química, pero diversas intrigas hicieron que fuese a otras instituciones (Colegio de Farmacia, Escuela Especial del arte de Curar y Sociedad Económica de Amigos del País).

La Sociedad fue reorganizada en el año 1834, y en ella se creó una cátedra de Química que ocupó Casares. Los recursos no siempre fueron suficientes; el propio Casares escribió en 1842 que debió pagar de su bolsillo algunos de los costos de dicha cátedra de química: alumbrado, sueldo del portero y por supuesto material de laboratorio. En estos años también comenzaron a ponerse en marcha algunas iniciativas relevantes para el posterior desarrollo de la docencia y la investigación científica en este siglo.


El Correo Gallego 2.12.2012

Antonio Casares y la experimentación en la enseñanza

por Ana M. González Noya y Manuel R. Bermejo

Los profesores de la USC Ana M. González Noya y Manuel R. Bermejo hacen con motivo del bicentenario del nacimiento del padre de la Química gallega un análisis de las enseñanzas de Ciencias en las universidades españolas en el siglo XIX

La enseñanza de las Ciencias en la Universidad Española del siglo XIX era completamente memorística y muy lejos de una enseñanza experimental. Una situación muy parecida era la que había en la Universidad de Santiago de Compostela, antes de la llegada de Casares, aunque había habido un profundo debate al final del siglo XVIII (sobre 1795) entre los tomistas -defensores de un saber aristotélico- y los novatores -partidarios de una enseñanza experimental-.

Los novatores salieron triunfantes del debate, y el claustro de profesores acordó dotar una partida económica para comprar instrumental científico y libros de Ciencia modernos. El Dr. José Rodríguez, catedrático de Matemáticas sublimes, parte en un viaje a Francia para realizar la compra de todo lo presupuestado. Este pedido llega a Santiago y queda sin desembalar; tan sólo los libros serán inventariados, sobre 1818.

LA CÁTEDRA DE QUÍMICA APLICADA. Antonio Casares llega a Santiago en el año 1836 para ocupar la cátedra de Química aplicada a las Artes en la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago y, allí, cuenta con un pequeño laboratorio donde puede hacer sus análisis de aguas y vinos, pero no puede realizar la enseñanza experimental de la Ciencia que tanto desea.

Casares había nacido y se había formado, de la mano de los jesuitas, en un aprendizaje experimental de las ciencias; desde ese momento abraza la razón de la experimentación como fuente del conocimiento y base del aprendizaje de las Ciencias.

Cuando, en el año 1840, entra contratado como catedrático en la Universidad de Santiago para enseñar Historia Natural, lo primero que hace es utilizar todo cuánto material había llegado de Francia y monta el primer Gabinete de Historia Natural de la Universidad para iniciar la enseñanza experimental de esa materia. En el año 1845 gana por oposición la cátedra de Química General y monta los laboratorios de Física y Química que le habrán servir en sus investigaciones y, como no, en las enseñanzas a sus alumnos.

FERVIENTE DEFENSOR DE LA ENSEÑANZA. El profesor Viñas, rector de la Universidad, compra nuevo y moderno material científico en Francia, sobre 1850, que le vendrá muy bien a Casares en sus importantes investigaciones. Antonio Casares era un ferviente defensor de la enseñanza experimental de las ciencias y, por ello, montó y cuidó particularmente los laboratorios, de este modo le servían para realizar el tipo de enseñanza en la que creía y, asimismo, podía emplearlos para sus investigaciones.

El laboratorio de Física le permitió, entre otros logros, la generación de la primera luz eléctrica producida en España -en la noche del 2 de abril del año 1851- y la puesta a punto de un observatorio meteorológico en la azotea de la Universidad, que no sólo servía para la realización de medidas meteorológicas sino, también, para enseñarle a sus alumnos como se hacían y para que se hacían las medidas. Mucho de este material forma parte hoy del museo de la facultad de Física.

El Laboratorio de Química fue la base de sus éxitos como científico. En él sintetizó D. Antonio el éter, y sobre todo el cloroformo, que utilizaría como anestésico en las primeras intervenciones quirúrgicas realizadas en España. En su laboratorio puso a punto las técnicas analíticas para poder estudiar: las propiedades terapéuticas de las aguas minero-medicinales de Galicia; las calidades de los vinos gallegos en comparación con los de otros países; los minerales que tanto le interesaron siempre; la presencia de los metales en las aguas; ... etc.

En su laboratorio realizó los estudios toxicológicos que iban a servir de base para posteriores estudios forenses. Finalmente realizó los estudios espectroscópicos que lo llevarían a ser considerado “Padre de la Espectroscopia en España”.

Casares vivió por y para la práctica de una enseñanza experimental, realizada en los gabinetes y en los laboratorios de nuestra Universidad: sus alumnos fueron su referente. A finales del siglo XIX un alumno suyo, catedrático de química en la Universidad de Madrid -D. José Rodríguez Carracido- se lamentaba de no poder enseñar bien a sus alumnos por no contar con un laboratorio digno.


El Correo Gallego 25.11.2012

Los libros de texto de Química de Antonio Casares

por Ramón Cid Manzano.

Ramón Cid Manzano hace un homenaje al padre de la Química gallega, Antonio Casares, con motivo del bicentenario de su nacimiento// El profesor del instituto de Sar recuerda y analiza las dos ediciones del que había sido rector de la USC: el “Tratado Elemental de Química General” y el “Manual de Química General”

Hablar de Antonio Casares y de Química es hablar de sus libros de texto. En 1880 salía la cuarta y última edición de su Manual de Química General, que fue un texto fundamental para la enseñanza de la química española del siglo XIX.

Nueve años antes de la primera edición de 1857, Casares había publicado el Tratado Elemental de Química General, y en 1866 publica el Tratado práctico de análisis química de las aguas minerales y potables. Además, hizo la traducción de dos obras esenciales en la Química de ese siglo: el Tratado de Farmacia de Eugene Soubeiran en 1847, y el Tratado de Química Legal de Gaultier de Claubry en 1852.

Por tanto, Antonio Casares se sitúa como un autor de referencia en la química española durante 35 años.

El “Tratado Elemental de Química General”. El Tratado Elemental de Química General (1848) es el primer libro de texto de Casares. Está dividido en dos tomos: el primero dedicado a la Química de forma genérica, aunque se trata fundamentalmente de Química Inorgánica; el segundo ya está explícitamente dedicado a la Química Orgánica. La estructura temática aun no está conformada estrictamente en capítulos, pero hay en el libro un enorme esfuerzo didáctico. La cantidad de ejemplos próximos, la utilización de dibujos, la indicación de usos aplicados de las substancias, la explicación del funcionamiento de los aparatos, y la dedicación de apartados concretos a la temas generales como el agua, el aire, la nutrición, la agricultura, procesos industriales, etc., son una clara muestra de que su intención tiene una fundamental orientación didáctica y divulgativa.

El Manual de Química General. Estamos ante el gran libro de texto de Casares, tanto por la calidad del mismo como porque durante treinta años fue el manual de consulta para los estudios de química general en muchas universidades españolas.

El título completo de la obra es: Manual de Química General con aplicaciones a la industria y con especialidad a la agricultura. Consta también de dos partes, y pasa de las 445 páginas del Tratado a 672 páginas. Los contenidos se estructuran en capítulos de la obra, lo que le da ya un formato moderno, dedicando el primer tomo a la química inorgánica con 40 capítulos, y el segundo a la química orgánica, con 20 capítulos,

Se advierte además una dimensión divulgadora, pues muestra el propósito de que el libro pueda, gracias a las referencias a agricultura y la industria, y no duda en contextualizar el discurso desde la cercanía. Esto se pone de manifiesto en las informaciones que tienen que ver con Galicia, como cuando indica la abundante presencia del tungsteno en determinadas zonas gallegas, la referencia a los vinos gallegos cuando le dedica un tema a las bebidas alcohólicas, también cuando señala que la cerasina es una goma muy común en la exudación de ciertos árboles que se dan “en nuestro país”, o de la calidad de los curtidos de pieles que se producen en Galicia.

Y si en el Tratado se advierte el interés por el carácter aplicado que debe tener la actividad científica y las obras que la explican, es a partir del Manual donde queda explicitado de forma definitiva.

La segunda parte del título de su Manual Con aplicaciones a la industria y con especialidad a la agricultura, refleja la preocupación de Casares por llevar la química a las actividades de producción como forma de progreso del país.

Gran erudición. Demuestra una gran erudición, indicando como obras consultadas la Economia rural de Boussingault, los tratados de agricultura de Gasparin, Du Breuil y Sacc, y “otros varios nacionales y extranjeros, procurando reunir en pocas páginas lo más interesante de la ciencia y de sus aplicaciones”. No es, en todo caso, esta intención hacia la química aplicada algo nuevo para Casares, pues no olvidemos que eso fue lo que lo trajo a Santiago como profesor de química. Por tanto era lógico que estuviera al tanto de los textos que trataban de esas cuestiones.

El Manual tendría tres ediciones más, 1867, 1873 y 1880, en las que fue añadiendo las novedades que se iban produciendo tanto a nivel teórico como a nivel práctico, aumentando los contenidos de la química orgánica a medida que va adquiriendo más y más presencia esta rama de la química en la segunda mitad del siglo XIX.

Antonio Casares Rodríguez, donde confluyen orígenes e historia

por Juan J. Casares Long

El rector de la Universidad de Santiago hace una semblanza científica de su ascendente con motivo del doscientos aniversario del nacimiento del insigne químico gallego // Muestra también la actitud siempre proactiva de un hombre que aspiró a dar lo mejor de sí incluso en cada momento

Hablar de Antonio Casares Rodríguez (Monforte de Lemos, 28/4/1812) resulta un ejercicio complicado de desarrollar con distancia objetiva al diferenciar en esta figura mis propios orígenes familiares con la descripción de quien se ha reafirmado doscientos años después de su nacimiento como el científico gallego de mayor impacto del siglo XIX.

Como complejidad añadida, el de Antonio Casares representa un modo de comprender el mundo interdisciplinar y comprometido con su tiempo y con su trabajo, definiendo de este modo un trayecto vital que es un discurrir de paso firme y extremadamente fértil en todos los campos que cultivó, mezclando la Filosofía, la Química, la Medicina o la Farmacia con una actitud personal de enorme energía.

Su formación inicial en Filosofía y Letras fue el punto de partida para realizar estudios en Farmacia, obteniendo el grado de doctor en 1832 y ejerciendo de ayudante de la Real Farmacia en Madrid. Este fue el punto de partida que lo llevará cuatro años después a alcanzar por oposición la cátedra de Química Aplicada a las Artes de la Sociedad Económica Amigos del País en Santiago de Compostela, institución de la que posteriormente será director y, años más tarde, presidente.

 

MUSEO DE HISTORIA NATURAL. En el espacio específicamente universitario inicia su andadura en 1840 en la materia de Historia Natural de la Universidad de Santiago, contribuyendo de forma decisiva a la constitución del actual Museo de Historia Natural. En esta misma universidad obtendrá los grados de Licenciado y Doctor en Filosofía y terminará sus estudios en Medicina y, en 1842, será designado vicerrector. Tres años después gana la cátedra de Química de la Facultad de Filosofía y Ciencias.

Entre los años 1850 y 1851 descubrirá dos minerales a los que da nombre, la morenosita y la zaratita, a la vez que lleva a cabo, el 2 de abril de 1851, una experiencia con la luz eléctrica, la nueva tecnología de la época y el invento más fabuloso del siglo XIX. Esta misma experiencia se repetirá en la noche del 24 de julio de ese mismo año para iluminar la plaza de la Universidad.

Reinstaurada en 1857 la Facultad de Farmacia, será nombrado decano de este centro, cargo que también desempeñará en la Facultad de Ciencias en 1860, así como el de director de la Estación de Meteorología de la Universidad en 1867. Su trayectoria en el campo de la gestión universitaria alcanzará la cumbre con su nombramiento como rector de la Universidad de Santiago en 1872, siendo un año después declarado rector vitalicio hasta su muerte en 1888.

Dos siglos después, la labor de Casares Rodríguez sirve de ejemplo por convertir el trabajo del laboratorio en realidades cotidianas y prácticas, como demuestra el que había introducido en España el éter sulfúrico y el cloroformo como anestésicos generales, apenas semanas después de que habían comenzado a usarse cómo tales en el Reino Unido y Estados Unidos.

También mostró mucho interés por el análisis de las aguas mineromedicinales de Galicia, incorporando la espectometría para determinar la presencia de Rubidio y Cesio y sus estudios en el ámbito de la viticultura y la adulteración de vinos.

Este relato condensado del bagaje de Antonio Casares Rodríguez muestra la actitud siempre proactiva de un hombre que aspiró a dar lo mejor de sí mismo en cada momento centrado en la búsqueda de las soluciones por encima de los problemas en sí mismos. Su recuerdo a modo de homenaje doscientos años después de su nacimiento ponen el énfasis sobre la actualidad de su figura, de la que me siento partícipe por vínculos familiares, pero también por el legado como hombre de ciencia y como universitario.

La ciencias experimentales en el tiempo de Casares

por Roberto J. López

El profesor Roberto J. López hace un análisis de la situación de la enseñanza superior en las universidades españolas en el siglo XIX en el que es el cuarto artículo homenaje al profesor Antonio Casares con motivo del bicentenario de su nacimiento

En el siglo XIX las universidades europeas dejaron de ser solo transmisoras de los conocimientos recibidos para convertirse en centros de investigación, siguiendo sobre todo el modelo de Alemania, en especial la universidad de Berlín creada en 1810. En España las novedades también fueron en esta dirección, pero las transformaciones tuvieron un alcance limitado, tanto en la organización universitaria general como en el desenrollo del estudio e investigación científicas en particular.

La invasión napoleónica desorganizó las instituciones académicas españolas existentes, y la situación apenas se arregló en el reinado de Fernando VII. Tras su muerte, y después de algunas modificaciones (plan Rivas, 1836; reformas de Espartero, 1842 y 1843), la situación de las ciencias mejorará con el plan Pidal de 1845 y sobre todo con los planes de Pastor Díaz y de Moyano en 1847 y 1857. Los primeros prepararon el camino para la consolidación de las ciencias experimentales en las universidades españolas en el último citado. En la Ley General de Instrucción Pública de septiembre de 1857, o ley Moyano, se confirmaron los fundamentos educativos de las regulaciones precedentes, y se estableció como facultad la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

La nueva facultad tendría tres secciones: los estudios físico-matemáticos, los de química y los de ciencias naturales. Su fin era el de servir de preparatorio para el ingreso en las Escuelas Especiales (Caminos, Montes, Industriales y Agrónomos), y su única salida profesional era la docencia en la enseñanza media, lo que hizo que haya tenido escaso reconocimiento social durante el siglo XIX y parte del XX. A pesar de estas limitaciones, las facultades de Ciencias comenzaron su andadura.

En 1860 la única completa era la de la Universidad Central de Madrid; de las nueve de distrito, seis podían impartir sólo hasta el grado de bachiller, entre ellas la de Santiago. Pero las reformas posteriores eliminaron estos centros universitarios en algunos distritos y en otros se debilitaron al retirársele la capacidad de otorgar grados. El decreto del 26 de julio de 1892 de Linares Rivas dejó sólo en pie las facultades de Madrid y Barcelona, por el fuerte recorte en los presupuestos ministeriales, consecuencia de la crisis económica del período.

Las facultades de Ciencias reaparecerán lentamente en años posteriores pera ya en un contexto social y económico diferente. En 1900 se creó el Ministerio de Instrucción Pública. El nuevo ministro, Antonio García Alix, publicó en el año que ocupó el cargo más de trescientos decretos sobre la enseñanza, entre ellos el que establecía una nueva organización de las facultades de Ciencias en cuatro secciones: Exactas, Físicas, Químicas y Naturales; sólo la universidad de Madrid tenía las cuatro. Desde el punto de vista de los contenidos científicos, el plan era insuficiente y con enfoques cuando menos discutibles. Habrá que esperar hasta 1907 para el relanzamiento de los estudios científicos, cuando el ministro Amalio Cimeno ponga en marcha a Junta para Ampliación de Estudios e Investigación Científica, institución clave para el impulso de la ciencia en España.

De este breve recorrido, se concluye la debilidad institucional y académica de los estudios universitarios de ciencias en la España del XIX. El afán de reforma ayudó a reorganizar la universidad española, pero poco hizo para que la investigación científica avanzase en ella de manera efectiva; hubo excepciones, claro está, debidas en muchos casos a los esfuerzos personales como los de Antonio Casares en Galicia.

Las palabras de Unamuno en el año 1899 reflejan la percepción de ineficacia de las continuas reformas ministeriales: “De ese tejer y destejer desde el ministerio la tela de Penélope de nuestra enseñanza oficial nadie hace caso. Cada ministro trae su receta, cambia las etiquetas de los frascos y el lugar de colocación de algunos y sólo consigue que, confundiéndose los que despachan en la droguería, hagan una barbaridad. Y si no lo hacen es porque todo lo sirven en píldoras homeopáticas disueltas en una pipa de agua del pozo”.


El Correo Gallego 4.11.2012

Antonio Casares. Así empezó todo...

por María Luisa Losada

Antonio Casares Rodríguez nació el 28 de abril de 1812, en Monforte de Lemos, provincia de Lugo, y se crió junto a sus hermanas Valentina y Manuela en el seno de una familia acomodada. Su padre, José, boticario, nació en 1774 en una aldea perteneciente hoy en día al vecino municipio de Sober; y era un conocido progresista en la villa de Monforte, que entonces no alcanzaba los dos mil habitantes; un Monforte que trataba de resurgir de sus cenizas tras los ataques franceses sufridos en 1809. Desde el punto de vista económico, Monforte era una villa en un entorno rural, con dedicación agrícola y ganadera

Antonio creció seguramente jugando en la rebotica de su padre. Su mente despierta, su espíritu trabajador y curioso, y las posibilidades económicas de su familia, posibilitaron que tras cursar los estudios elementales en Monforte, se desplazara en 1826 a Valladolid, donde estudió Física experimental y Química, y donde finalmente recibió el grado de Bachiller en Filosofía en 1827

Es entonces cuando decide continuar sus estudios en Madrid, en el Real Colegio de Farmacia de San Fernando. Sus años madrileños van a ser cruciales para Antonio Casares, porque definirán sus inquietudes investigadoras y profesionales futuras

Durante el curso 1829-30 estudió allí Historia Natural, que será con el tiempo, su primer encargo docente en la Universidad de Santiago. Y en el de 1830-31, se matriculó en el curso de Mineralogía del Real Museo de Ciencias Naturales de Madrid: sus conocimientos en esta materia le llevarán a descubrir, años más tarde, nuevos minerales en las costas gallegas

En 1832, consigue el título de Bachiller en Farmacia en el Colegio de San Fernando, donde se licencia finalmente en 1836

Es ahora cuando Antonio Casares empieza a cultivar otra faceta suya muy importante en el futuro: la de escritor, divulgador. En estos años salen a la calle sus primeros escritos: en 1834, con José Fariña, "profesor de medicina", publica en Lugo la Memoria sobre la utilidad del uso de las fumigaciones cloruradas como preservativas del cólera-morbo, apoyadas en razones químico-médicas; en 1835, en Madrid, sus Observaciones sobre la naturaleza y propiedades del supuesto doble tartrato de mercurio y de potasa

En Madrid además, gracias a D. Antonio Moreno Ruiz, catedrático de Física y Química, y Boticario de Cámara desde 1830, descubrió la pasión por el laboratorio y por la química aplicada al análisis de aguas, comidas y medicamentos, en las instalaciones de la Real Botica de Madrid. Seguramente gracias a Moreno, Antonio Casares consiguió una plaza como ayudante segundo en dicho establecimiento, puesto que ocupó durante casi un año, hasta abril de 1836. Y seguramente algo tuvo que ver Moreno en que la abandonase, puesto que actuó como Juez examinador en las oposiciones a las que se presentó Casares en Madrid para ocupar la Cátedra de Química Aplicada a las Artes vinculada a la Real Sociedad de Amigos del País de Santiago, y que Casares ganó

Así que en 1836, Antonio Casares da por finalizada su etapa en Madrid, iniciando otra nueva ya en Galicia. En realidad, su vida había experimentado un giro inesperado a raíz de su boda (por poderes) con la también monfortina Juana Teijeiro Fernández en septiembre de 1835. Ahora, de regreso en Galicia, a su paso por Monforte en mayo de 1836, ratifica su matrimonio al tiempo que legitima a su primera hija, Mª del Carmen, bautizada en marzo del año anterior

El Antonio que regresa de Madrid no es aquél joven que salió de casa en 1826 camino de Valladolid: es un hombre de ciencia de 24 años esperando su oportunidad para demostrarlo, con la maleta llena de conocimientos e inquietudes, con relaciones y contactos, con nuevas responsabilidades. Casado y con una hija, con un trabajo nuevo, ahora como docente, abandona Monforte con destino a Santiago de Compostela.

 

 

El Correo Gallego 30.10.2012

Antonio Casares, científico gallego de honor

por Manuel R. Bermejo
Se está celebrando el bicentenario del nacimiento de D. Antonio Casares Rodríguez, uno de los científicos más singulares de Galicia; no obstante su personalidad y sus contribuciones científicas no son conocidas por la mayoría de las gentes de nuestro país.

En la jornada de artículos que hoy se inician intentaremos mostrar, desde múltiples perspectivas, y de la mano de muy variados especialistas la poliédrica figura del que fue gran rector de la Universidad de Santiago de Compostela.

En este artículo, a modo de presentación, pretendemos mostrar de un modo breve quién es Casares y por qué lo consideramos Científico Gallego de Honor.

Antonio Casares nació en Monforte de Lemos el 28 de abril del año 1812. Era hijo del boticario del colegio del Cardenal, de esa villa, que pertenecía a los jesuitas. Su inicial educación fue en ese centro y toda la vida continuaría de la mano de los jesuitas en lo concerniente a su educación. Estudió en Valladolid el grado de bachiller, haciéndose en Madrid licenciado y doctor en Farmacia.

En el año 1836 ganó por oposición la cátedra de Química aplicada a las artes y a la agricultura de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago (SEAPS) y, posteriormente, en el año 1840 fue contratado como profesor de Historia Natural por la Universidad de Santiago. En ella ganará, por oposición, la plaza de catedrático de Química General en el año 1845 y, hasta su muerte en abril de 1888, recorrerá todos los escalones de la carrera universitaria: Catedrático de Química en las facultades de Filosofía, Medicina y Farmacia; Decano de las facultades de Filosofía y Farmacia y, finalmente, Rector de la Universidad desde 1872 hasta el momento de su muerte en el año 1888.

Fue un muy completo Educador realizando las tareas que le correspondían: Enseñar, Investigar y Divulgar.

Como Enseñante fue muy apreciado por sus alumnos por la cantidad de conocimientos que tenía y por la forma de transmitirlos, de modo particular por el uso de la experimentación en el aula como modo de comunicación y transmisión. Para enseñar mejor a sus alumnos comenzó por la traducción de los más importantes libros de química extranjeros del momento y, en una segunda etapa, escribió dos importantes libros de texto: el "Manual de Química General" y el "Tratado práctico de análisis químico de las aguas minerales y potables". Ambos libros fueron de lo más editado y vendido a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX en España.

Fue un grano Divulgador de la Ciencia y de la Química aplicada. Desde su incorporación a la SEAPS, abrazó los postulados de la Sociedad y, tanto en su tarea de socio como de editor de las revistas, se dedicó a divulgar sus muchos conocimientos químicos para facilitar las labores de los agricultores (estudios de especias, aguas, vinos,...); de los orfebres (dorado, bronceado, plateado de los metales,...); de los artesanos (curtidos de las pieles, tintura de las lanas, tejidos,...) y muchos otros trabajos.

La Investigación fue el campo donde más destacó la labor de Casares. No sólo investigaba para saber más y enseñar mejor, sino que lo hacía para resolver muchos de los problemas que la sociedad tenía en ese momento. Sus investigaciones abarcaron los campos de la: nutrición, toxicología, mineralogía, aguas minero-medicinales, vinos,... etc.

De un modo especial está en la historia de la Ciencia española por sus contribuciones en los campos de la Anestesiología (fue el introdutor del éter y del cloroformo en las operaciones quirúrgicas) y de la Espectroscopía aplicada al análisis químico. También fue el primero que generó luz eléctrica en España, utilizando un arco voltaico con un regulador y una batería Bunsen de 50 elementos.

Por todo esto la Academia Gallega de las Ciencias proclamó, este año, a Casares cómo "Científico Gallego de Honor".



El Correo Gallego 18.11.2012



El Correo Gallego 11.11.2012

© Real Sociedad Económica de Amigos del País
de la ciudad de Santiago - 2008

Inicio  -  La Institución  -  Contacto  -  Legal  -  Política de cookies