Volver

06/01/2013  

ARTÍCULOS SOBRE ANTONIO CASARES EN EL CORREO GALLEGO. ENERO-FEBRERO 2013



El Correo Gallego 6.01.2013

Casares y la mineralogía

por Francisco Díaz-Fierros Viqueira

Con motivo del bicentenario del nacimiento del padre de la Química gallega, Francisco Díaz-Fierros Viqueira rememora la aportación de Antonio Casares a la mineralogía, el descubrimiento de la morenosita, un mineral de gran relevancia científica.

Un dato muy poco conocido de la biografía de Casares, que acerca el ingeniero de minas López de Azcona en su discurso de ingreso como miembro numerario de la Academia Nacional de Farmacia, es que estuvo matriculado en la Academia de Minas de Almaden (promoción de 1831), pero que no llegó a obtener el título porque este se daba sólo cuando se entraba a formar parte del Cuerpo de Ingeniero de Minas, orientación que finalmente no escogió.

Esta relación de los farmaceuticos, y en general de todos aquellos que tenían formación en química y ciencias naturales, con los primeros ingenieros de minas no era extraña en la España de principios del XIX. De hecho la Academia de Almadén se había creado inicialmente con el objetivo de amalgamar con mercurio la plata americana para lo cual eran fundamentales los conocimientos químicos.

Por otra parte la identificación y estudio de las especies minerales era tarea normal de boticarios y naturalistas. Y así, cuando se reorganiza la nueva Escuela de Minas de Madrid, en 1835, entre los alumnos de las primeras promociones había ocho farmacéuticos.

Pero las relaciones de Casares con la mineralogía, no quedaron sólo en los estudios que realizó en Almaden pues hay bastantes datos de su biografía que indican que esta actividad la siguió cultivando, sobre todo en los primeros momentos de su vida científica. De todas ellas, quizás la que tenga mas relevancia científica, fue la del descubrimiento del mineral morenosita.

Para comprender bien su trascendencia científica habría que señalar que para que una especie mineral sea aceptada cómo tal debe cumplir las exigencias de la International Mineralogical Association (IMA) asi cómo las de la Commission on New Minerals and Mineral Names (CNMMN). De acuerdo con esas asociaciones existen cuatro tipos de minerales, los G (Grandfather) que corresponden a los minerales bien descritos con anterioridad a 1960 y los A , aprobados después de 1960 y que cumplen las exigencias de la IMA y de la CNMMN.

Los tipo R, que fueron renombrados o redefinidos y los N que no fueron aprobados. En la actualidad existen en el mundo descritas unas 4.500 especies minerales, de las cuales solo 27 fueron descubiertas en España (10 del grupo G, 13 del A y 4 del R) la mayoría de ellas por científicos extranjeros. Pues bien, en el grupo G, el de las especies "abuelos", solo dos especies fueron descritas por españoles, la morenosita, por Casares, en 1851 y la thenardita por Casaseca y Cordier, en 1826.

Las muestras de morenosita provenían de la mina Manolita situada en Teixedelo, en la zona del macizo de Ortegal en el ayuntamiento de Cedeira y según los análisis de Casares correspondían a un sulfato de níquel. La primera referencia que hace de este mineral fue de 1849 cuando remite a la Sociedad de Farmacia de Paris una muestra y una descripción del mismo.

En el año siguiente le remite a la Academia de Ciencias española más muestras y una amplia memoria sobre los resultados de sus análisis, que fueron publicados en 1851 en una referencia de Martinez Alcibar en la Revista Minera. En ella, justifica la novedad científica del hallazgo y propone el nombre de morenosita en memoria del farmacéutico Antonio Moreno, con quien Casares mantenía muy buenas relaciones. En la misma memoria presenta los análisis de otra muestra procedente de la citada mina correspondientes a un carbonato hidratado de níquel, que también considera un nuevo mineral y para lo cual propone el nombre de zaratita en homenaje al dramaturgo español Antonio Gil y Zárate. Esta última especie mineral, en la actualidad es considerada por el IMA como "dudosa".

No fueron estas las únicas relaciones de Casares con la mineralogía, aunque sí las mas importantes. En la Revista Económica de la Sociedad de Amigos del País de Santiago publica en 1860 un trabajo sobre Industria Minera en el que describe los yacimientos más importantes de Galicia y destaca como problema fundamental, la falta de espíritu cooperativo de los empresarios.

Finalmente, en 1862 publica otro trabajo sobre Algunos productos minerales que pudieran utilizarse señalando, con una acertada visión de futuro, de la importancia que podrían llegar a tener en Galicia el aprovechamiento de las rocas ornamentales (como las serpentinas) y sobre todo lo de las losetas de tellar, que bien trabajadas “podríamos exportar millares y millares de ellas para las demas provincias de España y aun para otros reinos, aumentando nuestra riqueza”.

El Correo Gallego 13.01.2013

Antonio Casares y sus contribuciones científico-pedagógicas

por Ana M González Noya y Manuel R. Bermejo

Dos investigadores de la USC ponen de manifiesto la faceta de la experimentalidad en la vida del padre de la Química gallega// La comunidad universitaria celebra el bicentenario del nacimiento de este ilustrado científico, profesor y pensador

Antonio Casares nació y vivió realizando un aprendizaje experimental. Este hecho, el de la experimentalidad en la vida de Casares, condicionó su faceta de maestro. Enseñaba cuanto aprendía, experimentalmente, y reflejaba su pensamiento en libros para que sus alumnos pudieran llevar con ellos el saber del maestro cuando se hubiesen  apartado de su lado.

Fue así como la labor pedagógica-didáctico y el científico fueron la cara y la cruz, el anverso y el revés, de la personalidad de Casares. D. Antonio no se puede comprender sin estudiar, conjuntamente, sus contribuciones científicas y las pedagógico-didácticas.

 

El Correo Gallego 20.01.2013

Antonio Casares, pionero en la espectroscopia para el análisis químico en España

por Xosé Anxo Freire Pais

El relevante científico adquirió alrededor del 1863 uno de los espectroscopios que ya fabricaba en París M. Duboscq para sus trabajos// Su obsesión fue poner al servicio de la sociedad gallega los adelantos que proporcionaban las ciencias

D. Antonio Casares Rodríguez es uno de los científicos más relevantes en el Estado español durante la segunda mitad del S. XIX. En este artículo me centraré en su labor como pionero en la introducción, investigación, aplicación y difusión de la espectroscopia en Galicia y en España. Se pretende informar a todo el público sobre las aportaciones de Antonio Casares.

Los métodos y técnicas espectroscópicas evolucionaron tanto desde el S. XIX que, a día de hoy, deberíamos hablar de espectroscopias, pues conocemos: espectros de ondas: visibles, ultravioleta, infrarroja, microondas, rayos X, rayos gamma, láser, resonancias magnéticas (RSE, RMN), etc . Lo que en un principio fue útil para el análisis químico, hoy sirve a casi todos los campos: medicina, tecnología, telecomunicaciones, etc.

(...)

D. Antonio, en el año 1837, publicó los resultados de los análisis de las aguas de Caldas de Reis y de Cuntis, y también las de Arteixo, y desde entonces y hasta el año 1863, analizó las de otros veinte lugares más de Galicia, norte de Portugal e incluso Loeches y otros manantiales de España. Conociendo la importancia de la espectrocopia para el análisis de las aguas y, que desde el 1862 ya M. Duboscq fabricaba en París unos buenos espectroscopios, compró uno para sus trabajos.

En el año 1863 ya escribe un artículo sobre espectroscopi, Espectro del Talio, en la revista de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago; este hecho nos lleva a creer que Casares ya disponía de un espectroscopio en estas fechas. Y que a partir de ese momento lo utilizará en el análisis de las aguas para otros fines.

El Correo Gallego 27.01.2013

Casares presenta la luz eléctrica ante la sociedad compostelana

por Andrés Díaz Pazos

El padre de la química gallega, del que se celebra el bicentenario, mostró la luz eléctrica en Santiago la noche del 2 de abril de 1851 en el Claustro de la Universidad. Aquel momento quedó inmortalizado en un pequeño relato literario de Armando Cotarelo Valledor, titulado “La Chispa Mágica”

 

Sin duda una de las experiencias más llamativas que realizó Antonio Casares en toda su vida fue el encendido de un arco voltaico, el primer sistema práctico de iluminación eléctrica, en el claustro de la Universidad la noche del 2 de Abril de 1851. Para los habitantes de la Compostela de hoy, acostumbrados a ver el resplandor de sus luces a kilómetros de distancia, exige un cierto esfuerzo imaginar el impacto que tuvo que causar en los allí congregados, ver surgir la luz entre los dos electrodos de carbón de aquel arco.

El experimento ejemplifica de manera singular algunas de las constantes en la vida investigadora de Casares: una mente atenta a las últimas novedades de la ciencia de aquel momento, con especial interés en las que tenían una aplicación práctica más evidente, y también la preocupación por presentar y divulgar entre la sociedad gallega esos adelantos.

Aquella noche tuvo también una circunstancia que podemos calificar de ciertamente extraordinaria: quedar inmortalizada en un pequeño relato literario de Armando Cotarelo Valledor, titulado La Chispa Mágica. En el panorama de la sufrida ciencia hispana no es fácil encontrar jornadas como esta, que traspasan los muros del laboratorio y entran a formar parte del escenario de la ficción literaria.

Veamos lo que sucedió. Hacia mediados del siglo XIX, diversos científicos e inventores europeos comienzan a perfeccionar diversos mecanismos para poder utilizar un arco voltaico como fuente de luz práctica. Pero, ¿que es el arco voltaico? El arco voltaico consiste en una fuerte descarga eléctrica, acompañada de luz, entre dos electrodos de carbón ligeramente separados, y conectados a una fuente de energía eléctrica.

Hoy en día se usa aún en fundiciones, y hasta principios del siglo XX su uso más común era en los proyectores del cinematógrafo, pues el arco entre los electrodos proporciona una luz muy potente y blanca. Este sistema de iluminación tiene su prehistoria en los experimentos del físico inglés Humphry Davy, hacia el año 1808.

En aquel momento el arco dependía en su funcionamiento de una batería bastante voluminosa de pilas eléctricas, lo que limitaba mucho su uso. Hay que recordar que aún no estaban inventados los generadores eléctricos ni, por supuesto, había red eléctrica. Otro problema añadido es que el propio funcionamiento del arco desgasta los carbones, de modo que la distancia entre ellos va aumentando y el arco se apaga en unos pocos minutos.

A mediados del siglo XIX diversos inventores y científicos ingleses y franceses, entre ellos Leon Foucault (más conocido por su famoso experimento con el péndulo) idean diversos mecanismos para acercar los carbones a medida que se consumen, de manera que el arco pueda durar encendido horas. Estos inventores harán demostraciones públicas de esta importante novedad técnica en París y Londres, en los años 1849 y 1850.

Sin duda Casares, atento a estas novedades, aprovecha la entrada en el imponente gabinete de máquinas de la Universidad de uno de los primeros modelos de regulador para el arco voltaico (el modelo de Deluil), para emular a sus colegas franceses e ingleses y presentar en Compostela, por vez primera en el Estado, la luz eléctrica.

El experimento tuvo mucha repercusión: es incluido en la sección de Actualidades del Eco de Galicia del 6 de Abril de 1851, que de la cuenta de la satisfacción de los profesores y “...un número crecido de alumnos...” ante un experimento “...visto aún hace poco tiempo en las orillas del Sena, y no repetido en ningún pueblo de España”.

Allí también se da algún detalle técnico, como el de las 50 baterías del modelo Bunsen precisas para encender el arco, un dispositivo bastante aparatoso ya que cada una de ellas tiene el volumen de una maceta mediana. Sin embargo, lo que más destaca es la novedad y potencia del arco, comparada con otros sistemas: el periodista que recoge la noticia llama la atención sobre el “...chorro luminoso (...) cuya brillantez no se resiste...” y que “...permitía leer fácilmente una carta a 50 pasos de distancia (...) la torre de la Compañía (...) parecía iluminada por una luz clara.”

Prueba de la satisfacción y asombro que causó es que la experiencia sería repetida al año siguiente, la noche del 24 de julio, en la Praza do Obradoiro, con motivo de la ofrenda real al Apóstol por parte de los duques de Montpensier (la hermana de la reina Isabel II y su marido). En aquellos tiempos el arco y su potente luz eran ya un atractivo más de la ciudad de Compostela.

El Correo Gallego 3.02.2013

Antonio Casares, pionero en el uso de la espectroscopía para el análisis químico en España (2)

por Xosé Anxo Freire Pais

El científico gallego, de quien ahora se celebra el bicentenario de su nacimiento, perfeccionó el uso, amplió las utilidades y hizo una metodología del mismo.

 En un anterior artículo se contaba como D. Antonio adquiere los conocimientos y merca un espectroscopio a la casa Duboscq de París.

En el año 1863 escribe Modo práctico de reconocer las buenas aguas potables, que se publica en el periódico de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago, en la Revista Médica y también en el Restaurador Farmacéutico. En el año 1864 publica Análisis de las aguas ferruginosas de O Incio, y también Análisis de las aguas de Mondariz. En estos dos últimos ya utiliza el espectroscopio, recién adquirido, como una herramienta más para sus análisis químicos.

En verano de 1865 decide volver a analizar las aguas de las Burgas de Ourense, las de Sousas en Verín, muy parecidas en su composición a las de Vichí, y las de Louxo en A Toxa que ya había analizado en el año 1840. La intención de esta nueva tentativa era investigar si en las aguas de Galicia había presencia de los nuevos elementos, rubidio y cesio, detectados por Bunsen y Kirchhoff en las aguas de Kreutznach.


El Correo Gallego 10.02.2013

Antonio Casares y los vinos gallegos

por Francisco Díaz-Fierros Viqueira

Los primeros estudios e informes sobre los vinos gallegos que tuvieron carácter científico y de los que se tienen noticia, fueron los realizados por Antonio Casares. El primero de ellos, hecho en 1843 sobre El cultivo de la vid en Galicia cuando tenía sólo 21 años y acababa de llegar a Santiago, fue el resultado de un pausado trabajo de campo por las zonas vitícolas gallegas. En ellas recogió muestras de tierras para su análisis, describiendo vinos y vides con detalle y sobre el terreno, y cuando esto no era posible, sobre ramos y racimos que le enviaba algún inteligente.

Realizó, también, muchas encuestas de palabra y por escrito con los propietarios. El resultado fue un pequeño folleto de 30 páginas lleno de interesantes informaciones, la mayoría de las cuales se pueden considerar como novedades para Galicia, sobre todo por la manera concreta y descriptiva de como están hechas, y algunas de ellas, como los análisis de los suelos de vid, como novedades para España.

Los análisis de los suelos de vid, que son los primeros que se conocen hechos con suelos gallegos, corresponden a las zonas de Amandi (8 muestras), Lemos (20) Cambados (60) Riveiro (22) y Ulla (44) y fueron realizadas siguiendo los métodos de Davy, Thouin y Sandalio de Arias. Dan unos resultados bastante semejantes entre ellas que llevan a Casares a concluir que las diferencias que se aprecian entre los diferentes tipos de vinos gallegos son, fundamentalmente, de base climática. Diferencia , acertadamente, el conjunto de las zonas de vinos de las Mariñas, Ulla y Salnes, de clima mas tibio y húmedo de las de Valdeorras, Amandi y el Ribeiro, más calientes y secas y , por ello, de mayor grado alcohólico y calidad. Por otra parte, y a nivel de microclimatología, distingue los vinos de los márgenes y riberas de los ríos, de más calidad, que los correspondientes a los valles.

En relación con la descripción de las principales castas de vides gallegas sigue la metodología que Rojas Clemente empleó para las vides de Andalucía y Boutelou para las de Ocaña, sin duda los textos mas reputados en aquella época para esta materia. Describe para las uvas blancas las de Comprao, Verdejo, Treijadura, Terrantés, Albariño y Oubiña, y para las tintas, las castas de Albarello, Ullao, Mouratón, Brencellau, Caiño, Carnas, Dozal, Cachiño, Nobal, Tinta hembra y Espadeyro.

Habla, a continuación, de los sistemas de cultivo de las principales comarcas vitivinícolas, señalando que no existen diferencias importantes entre las mismas excepto en el caso de la topografía donde las plantadas en pendiente siguen un sistema totalmente diferente a las de los valles . Finalmente, realiza una serie de consideraciones sobre la mejora de los vinos gallegos, señalando que uno de sus principales problemas es la pérdida del sentido de la calidad de los viticultores como consecuencia de la desaparición de los mercados del exterior que, según consideraba Casares, educaban el gusto.

En cambio la deriva de la producción hacia tintos de poca calidad, que era la demanda local, hizo que se buscasen vides muy productivas pero de muy baja calidad. Asimismo, la enología se orientaba hacia vinos de mucho color y textura, frente a los más aromáticos y sabrosos. En relación con las variedades considera que “el mas adecuado para el clima i el terreno gallego es el Albarello: no deben sin embargo abandonarse los demás”.

La crisis del oidium que se extendió por Galicia a partir del año 1853, provocó un destrozo generalizado de las vides, que no disminuyó hasta la década de los sesenta cuando la técnica del azufrado comenzó a utilizarse correctamente y con continuidad. De todos modos, la situación no fue la misma después de la plaga, las vides septentrionales y de las mariñas se arrancaron y las castas blancas, como las Albarello, mas sensibles al hongo, fueron sustituidas por las tintas más resistentes como la Garnacha con lo que la calidad de los vinos degeneró todavía más.

Es posible que Casares, como hombre inquieto y sensible a estos problemas no permaneciese impasible ante los daños del oidium pero ciertamente no se le conocen manifestaciones sobre ellos hasta el conjunto de artículos que publicó en 1858 sobre las vides gallegas en el periódico de Vigo, de tendencia galleguista y dirigido por Murguía, El Miño.

Una de las consecuencias de la plaga en los viticultores gallegos fue una pérdida de interés por el cultivo de las vides y la de la búsqueda de su relevo por otros cultivos más seguros como el sorgo con el que se podía hacer una especie de vino. De todos modos fue bastante crítico con esta alternativa pues, por una parte, la extracción del azúcar sería una locura por la falta de aparatos para esta industria y, por otra, la extracción del zumo para la elaboración del vino presentaba bastantes más dificultades que en el caso de la vid.

Finalmente, en el año 1860 escribe un amplio artículo, publicado en varios números de la Revista Económica de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago, sobre los diferentes tratamientos de la uva para la obtención del vino: épocas y cuidados de la vendimia, prensado y almacenamiento en el lagar, toneles o tinas, cuidados de la fermentación, trasegado, conservación y finalizado del vino. Finaliza el trabajo con nuevos análisis del producto final con los que intenta establecer las diferencias químicas que definen su calidad.

El Correo Gallego 17.02.2013

Antonio Casares: introductor de la anestesia en España

por Ana Mª González Noya y Manuel R. Bermejo

El padre de la Química gallega fue considerado en el siglo XIX como uno de los mejores científicos de la época// Su preocupación por la salud humana lo llevó a interesarse por la utilización, en la medicina y en otros campos, de los nuevos productos químicos// Era un investigador amante de la experimentalidad.

El siglo XIX fue el inicio de la solución de los problemas sociales de la Humanidad gracias al trascendental desarrollo de la Química: el invento y la divulgación del uso de los adobos, por Liebig, vino a resolver el gravísimo problema del hambre en la época; el uso del agua para lavarse las manos antes de las intervenciones quirúrgicas y el descubrimiento de la asepsia cortaron de cuajo la mortandad infantil y la de las madres en los partos por causa de las fiebres puerperales; el descubrimiento del gas hilarante, del éter y del cloroformo, así como su uso como anestésicos, permitieron la realización de las operaciones con el reposo preciso para conseguir realizar su praxis con seguridad; la invención de los antibióticos y de los medicamentos detuvo el desarrollo de muchas enfermedades contagiosas, ...y muchos otros descubrimientos relevantes permitieron llegar al mundo de hoy con más de 7.000 millones de habitantes y una perspectiva de vida de más de 80 años.

En este momento de desarrollo científico es en el que nace y se forma Antonio Casares llegando a ser uno de los mejores científicos de la época. Su preocupación por la salud humana lo llevó a interesarse por la utilización, en la medicina y en otros campos, de los nuevos productos químicos descubiertos y, de modo particular, de la anestesia.
 

El Correo Gallego 24.02.2013

Antonio Casares Rodríguez y Emilia Pardo Bazán

por José Manuel González Herrán

Al iniciarse el curso académico 1868-69, la joven Emilia Pardo Bazán, una recién casada que sólo cuenta 17 años, se instala en Santiago de Compostela, donde su esposo, José Quiroga y Pérez de Deza, va a iniciar los estudios de Derecho.

Poco duraría esa estancia, en una casa de huéspedes en que se estaba “como de familia”, según ella misma recordaría bastantes años después: a comienzos de 1869 el marido traslada su matrícula a la Universidad Central, para fijar la residencia de la pareja en Madrid, donde el padre de Emilia ha de ocupar su escaño como diputado en las Cortes Constituyentes; tras sucesivos traslados de expediente entre Madrid y Santiago, José Quiroga se licenciará en esta Universidad en octubre de 1871.

En todo caso, aunque no tuviese que ver con los estudios de su esposo, sabemos que entre 1868 y 1874 Emilia pasa temporadas en la ciudad del Apóstol y en esas estancias traba conocimiento con algunos profesores y científicos de su Universidad: Laureano Calderón, José Rodríguez Mourelo, José Rodríguez Carracido, Augusto González de Linares; y también -pese a la diferencia de edades- Antonio Casares Rodríguez, Rector de la Universidad compostelana desde 1872. Relación esta que, muy posiblemente, derivaba de la que, desde tiempo atrás, mantenía el profesor con el padre de la escritora.

Dejo para otro artículo el relato de cómo Pardo Bazán se sirvió de Casares como modelo para uno de los personajes de su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina (1879). Y aunque ignoramos si el catedrático se reconoció en aquel personaje, no parece que ello le hubiese disgustado, pues nos consta que doña Emilia mantuvo su relación con el Rector Casares en los años posteriores, y se aprovechó de ella para sus trabajos.

En febrero de 1883 le escribe para pedirle “un señalado favor. Quiero hacer algunos estudios en la Biblioteca de esa Universidad y como las horas en que esta se halla abierta son casi incompatibles con las que yo puedo dedicar a ese objeto, quisiera que usted dispusiese que me abriesen por la tarde la Biblioteca y me dejasen estar allí hasta el anochecer”.

 “APUNTES AUTOBIOGRÁFICOS”.

Por lo que ella misma contaría años más tarde en los Apuntes autobiográficos que sirven de prólogo a Los Pazos de Ulloa (1886), el Rector accedió a su petición, mejorando las condiciones de las consultas: “como por entonces entretenía un mes de invierno [febrero de 1883] en Santiago, me dediqué a revolver la Biblioteca de la Universidad (…) Cedióme el Rector galantemente su propio despacho, ordenando que me llevasen cuantos libros eligiese”, contaría ella en sus Apuntes autobiográficos (1886).

Aunque esa es, según mis datos, la única alusión (indirecta, pues no menciona explícitamente su nombre) que podemos encontrar en los escritos de doña Emilia a su amigo el Rector de Santiago, hay otro texto suyo, de fechas muy próximas a aquella carta, que, en cierta medida, podría hacernos notar la larga sombra de don Antonio y sus aportaciones científicas. Siendo consciente de lo arriesgado de esa hipótesis, no me resisto a sugerirla.

Por esos días del invierno de 1883, cuando nos consta que la autora está en Compostela, dedicada a sus indagaciones en los libros de la biblioteca universitaria, la revista barcelonesa La Ilustración Ibérica publica el 27 de enero de 1883 una breve colaboración de Pardo Bazán, titulada “Cómo será el morir”: un curiosísimo texto que, por su carácter aparentemente ficticio ha podido ser considerado como un cuento, pero que refiere una experiencia personal: “Claro está que yo no me he muerto nunca (…) pero se me antoja, y ¿quién podrá demostrarme lo contrario? que la impresión de la muerte ha de ser cosa muy análoga a la que experimenté cuando me aplicaron un anestésico (el gas hilarante o protóxido de azoe) hasta hacerme perder por completo el sentido, para sacarme, sin dolor, una muela”.

Describe luego, con vívida precisión, todo el proceso y sus consecuencias, tan semejantes a lo que sería la muerte, y concluye: “Todo esto que cuento me pareció largo, largo, eterno, y al volver en mí, dijéronme que los efectos de la anestesia habían durado veinte segundos. ¡Mucho se vive cuando se muere!”

 INVERNAL ESTANCIA COMPOSTELANA.

Si el episodio (la extracción de una muela, previa anestesia con el gas hilarante) tuvo lugar en los días de aquella invernal estancia compostelana, no sería raro que la autora recordase (o le informasen de ello) que su amigo Antonio Casares Rodríguez había sido pionero en España (diciembre de 1847) en el empleo del cloroformo como anestésico en intervenciones quirúrgicas.

Sospecho que si el sabio monfortino leyó aquel texto de su amiga coruñesa bien pudo interpretarlo como un sutil homenaje a sus ya lejanas experiencias anestésicas.

Y sonreiría, sin comentárselo a nadie, como acaso había sonreído leyendo las explicaciones, teorías y experiencias de su colega Félix O’Narr…

© Real Sociedad Económica de Amigos del País
de la ciudad de Santiago - 2008

Inicio  -  La Institución  -  Contacto  -  Legal  -  Política de cookies